¿Paraguay vitrina del mundo?
Paraguay en la vitrina del mundo y el pueblo en la sombra
Por años, Paraguay fue un actor silencioso en el escenario internacional. Hoy, sin embargo, el país aparece en foros económicos, ruedas de negocios y encuentros políticos de alto nivel. El presidente Santiago Peña acumula millas, estrechas manos con líderes globales, seduce a inversionistas y vende una imagen de estabilidad macroeconómica que despierta elogios en organismos multilaterales y centros financieros.
Y es cierto: los números fríos seducen. Crecimiento controlado, inflación moderada, disciplina fiscal, calificación de riesgo respetable. En términos macroeconómicos, Paraguay dejó de ser invisible. Hoy se lo menciona como ejemplo de previsibilidad en una región convulsionada. El país está, como nunca antes, en el radar del capital internacional.
Pero basta bajar del avión presidencial y recorrer las calles de cualquier ciudad —del microcentro asunceno a los barrios de Pedro Juan Caballero, de los asentamientos del Área Metropolitana a las comunidades rurales— para que esa postal se rompa en mil pedazos.
Porque mientras el Paraguay de las estadísticas viaja en clase ejecutiva, el Paraguay real hace fila para sobrevivir.
El ciudadano común no vive de la calificación de riesgo país. No come estabilidad macroeconómica. No paga el alquiler con la confianza de los mercados.
Vive —o sobrevive— en un país donde el empleo digno es un privilegio, donde el salario no alcanza, donde la informalidad es la norma y no la excepción. Un país donde el joven preparado no encuentra oportunidades y el trabajador experimentado es descartado como si fuera un número más.
Y en ese contraste brutal aparece la herida más profunda: la percepción —cada vez menos discutida y cada vez más asumida como verdad— de que el crecimiento no es para todos.
La política se ha convertido en una maquinaria de beneficios cerrados. Los cargos públicos, los contratos, las asesorías, los viáticos, los cupos, las licitaciones direccionadas: una red que alimenta a los mismos apellidos de siempre, a los parientes, a los operadores, a los leales.
Una fortuna en honorarios.
Otra más grande en corrupción.
Y una aún más obscena en impunidad.
Mientras tanto, el ciudadano financia con impuestos un Estado que no le devuelve ni seguridad, ni salud de calidad, ni educación competitiva, ni oportunidades reales.
La pregunta ya no es ideológica.
Es moral.
Es estructural.
Es urgente.
¿De qué sirve conquistar el mundo si se pierde el país?
Los viajes presidenciales pueden abrir puertas, sí. Pueden atraer inversiones, sí. Pueden posicionar al Paraguay en el mapa global, sí. Pero ningún indicador macroeconómico tendrá legitimidad mientras el crecimiento no se traduzca en trabajo, mientras la riqueza no se distribuya en oportunidades, mientras la política siga siendo vista como el camino más corto hacia el enriquecimiento personal.
El problema no es salir al mundo.
El problema es que el mundo que se muestra no coincide con el país que se vive.
Paraguay no necesita menos relaciones internacionales.
Necesita más justicia interna.
Necesita romper el círculo del privilegio.
Profesionalizar el Estado.
Blindar las instituciones contra el saqueo.
Castigar la corrupción con consecuencias reales, no con discursos.
Porque el verdadero reconocimiento internacional no se logra solo con cifras ordenadas, sino con ciudadanos que puedan vivir con dignidad en su propia tierra.
Hoy el país brilla afuera.
Pero adentro duele.
Y ningún aplauso en el exterior podrá tapar, por mucho tiempo más, el ruido del hambre, la falta de empleo y la indignación de un pueblo que siente que trabaja para sostener un sistema que lo excluye.
El desafío no es viajar más.
Es gobernar para todos.
OSVALDO CESAR PANIAGUA BALBUENA
