Maradona vio a un niño pobre y paró el partido — “Yo también era como vos”
Relato dramatizado e inspirado en hechos reales. Algunos detalles y nombres fueron modificados para proteger identidades.
Nápoles, 1987. Estadio San Paolo, 70,000 personas. Minuto 73, Napoli gana 2 a 0. Un defensor del Atalanta despeja largo. La pelota sale por la banda, rápida, fuerte. Un chico corre, 12 años, flaco, zapatillas rotas, agarra la pelota. Se da vuelta y se congela.
Diego Maradona está frente a él a 2 m, esperando. El chico no puede respirar, no puede moverse, no puede pensar porque Diego Maradona lo está mirando. A él. A un nadie.
Pero para entender este momento hay que conocer al chico. Se llama Enzo Ferrara. Vive en Forcella, uno de los barrios más pobres de Nápoles. Calles angostas, edificios viejos, ropa colgada entre balcones, olor a humedad y a comida barata. En Forcella la vida es difícil. Siempre fue difícil, siempre va a ser difícil.
Su padre se llama Giuseppe. Trabaja en una fábrica de zapatos. Sale a las 5 de la mañana. Cuando Enzo todavía duerme, vuelve a las 9 de la noche. Cuando Enzo ya se durmió, casi no lo ve, casi no le habla. Cuando lo ve, el padre está cansado, ojos hundidos, manos llenas de callos, espalda doblada.
—Papá, hoy hice un gol en la calle.
El padre asiente. No escucha, ya no tiene energía para escuchar.
La madre se llama Rosa, limpia casas, tres casas por día, cruza toda la ciudad en bus. Llega a las 7 de la tarde destruida, manos agrietadas, rodillas doloridas, pero todavía tiene que cocinar, todavía tiene que limpiar, todavía tiene que cuidar a los chicos.
Enzo tiene dos hermanos, Marco de ocho, Lucía de cinco. Los tres duermen en la misma habitación. Una cama para Enzo, un colchón en el piso para Marco, una cuna vieja para Lucía. No hay juguetes, no hay televisión, no hay libros, hay una sola cosa: un póster de Diego Maradona. Enzo lo encontró en la basura, una revista vieja. La portada era Diego levantando la copa del mundo. Enzo la recortó con cuidado, la alisó con las manos, la pegó en la pared con cinta. Está arrugada. Está rota en una esquina, los colores están gastados, pero es Diego y Diego es todo.
Enzo lo mira cada noche antes de dormir y cada mañana cuando se despierta y cada noche piensa lo mismo. Diego también era pobre. Villa Fiorito, peor que Forcella, dormía en una cama rota. Comía lo que había, no tenía nada y ahora es el mejor del mundo. Si él pudo, quizás yo también puedo.
Enzo sueña con ser futbolista. Juega en la calle todos los días con una pelota de trapo, con arcos hechos de piedras. Es bueno, mejor que los otros chicos, más rápido, más hábil. Pero ser bueno en Forcella no significa nada. Nadie viene a Forcella a buscar jugadores. Nadie mira a los chicos de Forcella. La única forma de salir es con suerte. Y la suerte no pasa por Forcella.
Pero Enzo tiene algo, algo que los otros no tienen. Trabaja en el San Paolo todos los domingos. Enzo va al estadio, no a ver el partido, no tiene plata para la entrada, va a trabajar, alcanza pelotas, le pagan poco, casi nada, pero alcanza para ayudar en casa y puede ver a Diego de cerca cada domingo. Eso no tiene precio.
El encargado de los alcanzapelotas se llama Mauricio, 50 años, gordo, calvo, cara de pocos amigos. Mauricio odia a los chicos de Forcella. “Ladrones”, los llama. “Buenos para nada. Solo sirven para limpiar”. Enzo no contesta, nunca contesta. Necesita el trabajo.
Hoy es domingo. Napoli contra Atalanta. Enzo se levantó a las 6, se lavó la cara con agua fría, se puso la ropa menos rota que tiene, caminó hasta el estadio. Una hora. No tiene plata para el bus. Llegó temprano. Mauricio ya estaba ahí gritando como siempre.
—Escuchen bien, inútiles. Hoy viene mucha gente. 70,000. No quiero errores.
Mira a los 10 alcanzapelotas. Todos chicos, todos pobres, todos asustados, rápidos, eficientes, invisibles.
—Si un jugador se queja de ustedes, están afuera. ¿Entendido?
Todos asienten. Mauricio mira a Enzo.
—Vos, Forcella, detrás del arco norte. Y no hagas estupideces como la última vez.
Enzo no hizo ninguna estupidez la última vez, pero no discute, nunca discute.
—Sí, señor.
Arco Norte, su lugar, el mejor lugar. Desde ahí ve todo. El estadio empieza a llenarse. 10,000, 20,000, 30,000. El ruido crece. Cantos, gritos, banderas. 50,000, 60,000, 70,000. El San Paolo está lleno hasta el último asiento.
Enzo mira todo con los ojos bien abiertos. El mar de gente, el humo de las bengalas, los cantos que hacen temblar el estadio. Cada domingo es igual de mágico, nunca se acostumbra.
Los equipos salen al campo. Primero Atalanta, aplausos tibios, algunos silbidos. Después Napoli. El estadio explota y ahí está. Diego, camisa celeste. Número 10, pelo negro rizado, caminando tranquilo como si fuera un partido de barrio, como si no hubiera 70,000 personas gritando su nombre.
Enzo lo mira como siempre, desde lejos, invisible. “Un día voy a estar ahí”, piensa. “Un día voy a usar esa camiseta. Un día van a gritar mi nombre”.
El partido empieza. Enzo está atento, concentrado. Cada vez que la pelota sale, corre, la agarra. La devuelve rápido, profesional, eficiente, invisible. Así tiene que ser un alcanzapelotas. Que nadie lo note, que nadie lo vea.
El partido avanza. Napoli domina, Diego hace magia. Pases imposibles, gambetas increíbles, movimientos que nadie entiende.
Minuto 32. Diego recibe en el mediocampo. Gira, pasa a tres, asiste, gol. El estadio explota. Enzo salta sin querer, grita sin querer, después se acuerda: es alcanzapelotas, tiene que ser invisible. Se queda quieto.
Minuto 58. Diego hace una pared, recibe, toca, otro gol. 2 a 0. Napoli controla el partido. Atalanta no puede hacer nada.
Minuto 73. Un defensor del Atalanta despeja largo. La pelota sale por la banda. Cerca del arco norte, cerca de Enzo. Enzo corre rápido, automático, agarra la pelota, se da vuelta para dársela al jugador más cercano y el mundo se detiene.
Diego Maradona frente a él a 2 m. No estaba ahí hace un segundo, pero ahora está caminando hacia la banda esperando la pelota. Enzo no puede respirar. Nunca estuvo tan cerca, nunca. En el póster, Diego es un dibujo, colores gastados, papel arrugado. Acá es real. Ojos oscuros, cara seria, transpiración en la frente, barro en las medias. Es más bajo de lo que Enzo pensaba. Más ancho, más real.
Diego estira la mano. Enzo camina hacia él despacio, las piernas temblando, el corazón en la garganta. Le da la pelota mano a mano. Diego la agarra, pero no se va. El árbitro espera, los jugadores esperan. 70,000 personas esperan, pero Diego se queda mirando a Enzo.
Los ojos de Diego bajan. Las zapatillas de Enzo rotas. Agujero en la punta. La suela despegada. Suben. Los pantalones gastados, demasiado cortos. Manchas que no salen. Suben. La camiseta vieja, desteñida. Un agujero en el costado. Suben más. Los ojos de Enzo, grandes, asustados.
Pero con algo más. Diego lo reconoce. Ese “algo” lo vio mil veces en el espejo cuando era chico en Villa Fiorito. Hambre. No de comida, de salir, de ser alguien, de demostrar que se puede.
Diego sonríe un poco, solo un poco, y habla en voz baja. Solo para Enzo.
—¿De qué barrio sos, pibe?
Enzo traga saliva. La voz no le sale.
—Forcella —un susurro. Apenas audible.
Diego asiente.
—Yo soy de Villa Fiorito, Buenos Aires. ¿Sabés dónde queda?
Enzo asiente. Claro que sabe.
Diego mira alrededor, el estadio, las 70,000 personas, las luces, el ruido. Mira a Enzo.
—Mirá dónde estoy ahora. —Pausa—. Yo también tenía zapatillas rotas. Yo también tenía hambre. Yo también era un nadie. —Pausa—. No dejes que nadie te diga que no podés. ¿Entendiste?
Enzo siente las lágrimas. No puede hablar, solo asiente. Diego le toca el hombro una vez, suave.
—Bien.
Y se va. Vuelve a la cancha. El partido sigue como si nada.
5 segundos. Eso fue todo. 5 segundos. Nadie vio, nadie escuchó. Para el estadio fue un alcanzapelotas dando la pelota, nada más. Pero para Enzo fue todo. Se queda parado, congelado, las lágrimas cayendo. El resto del partido no existe. El mundo no existe. Solo las palabras: “No dejes que nadie te diga que no podés”.
El partido termina. Napoli 3, Atalanta cero. Enzo vuelve a su casa, una hora caminando. No siente el cansancio, no siente el frío, no siente nada, solo las palabras.
Llega a su casa, su madre está en la cocina.
—¿Cómo te fue, Enzo?
La mira.
—Mamá, Diego me habló.
Su madre se ríe.
—Maradona. No inventes, Enzo.
—Es verdad. Me habló. Me dijo algo.
—¿Qué te dijo?
Enzo abre la boca, pero se detiene. No puede decirlo. No quiere. Es suyo. Solo suyo.
—Nada. Cosas.
Su madre se encoge de hombros. Sigue cocinando. Enzo va a su cuarto, se acuesta, mira el póster. “No dejes que nadie te diga que no podés”. Lo repite 100 veces hasta que se duerme.
Los años pasan. Enzo sigue siendo alcanzapelotas hasta los 15, cada domingo sin falta. Pero a los 15 Mauricio lo llama.
—Forcella, vení.
Enzo lo sigue.
—Ya no te necesito. Conseguí a alguien mejor, más rápido, menos inútil.
Enzo siente el golpe.
—Pero, señor, yo nunca…
—No me importa. Estás afuera. Andate.
Enzo se va. No llora. No grita. Camina a su casa una hora y escucha la voz: “No dejes que nadie te diga que no podés”.
Busca otro trabajo. Panadería, 16 años. Se levanta a las 4 de la mañana. Amasa pan hasta el mediodía. El dueño se llama Franco, gordo, gritón. Peor que Mauricio.
—¡Más rápido, inútil! El pan no se amasa solo.
Cada día igual. Gritos, insultos, humillaciones. Un día, Enzo no aguanta más. Está parado frente a la puerta, el delantal en la mano, a punto de irse, a punto de renunciar y escucha la voz: “No dejes que nadie te diga que no podés”. Se pone el delantal, vuelve a amasar. Aguanta 2 años más.
Construcción, 18 años. Carga ladrillos, mezcla cemento, levanta paredes. La espalda le duele. Las manos se le rompen. Los dedos sangran. El capataz se llama Bruno. Peor que Franco, peor que Mauricio.
—Ustedes son basura, no sirven para nada. Mi perro trabaja mejor que ustedes.
Un día de lluvia. Enzo está en el barro cargando ladrillos, mojado hasta los huesos, helado, agotado. Quiere llorar, quiere irse, quiere desaparecer. Y escucha la voz: “Mirá dónde estoy ahora. Yo también era un nadie”. Levanta el ladrillo, camina, lo pone, vuelve, sigue.
21 años. Fábrica de muebles. Mejor que la construcción, techo. Horario fijo, sueldo estable. Conoce a una chica, María. Trabaja en la misma fábrica, ojos marrones. Sonrisa que ilumina. Se enamora. Se casan a los 25. Una boda simple, sin lujos, pocos invitados, pero felices.
Nace Paolo a los 27. Su primer hijo. Enzo lo mira en la cuna, tan chiquito, tan frágil, tan perfecto, y piensa: “Vos no vas a vivir como yo. Vos vas a tener más, te lo prometo”. Trabaja más horas extra, fines de semana.
Nace Giulia a los 30, su hija. La familia crece, las responsabilidades crecen, el cansancio crece, pero también crece algo más. Orgullo, satisfacción, paz.
32 años. Compran una casa. Pequeña, humilde, pero suya. No es Forcella. Es mejor. Un poco más de luz, un poco más de espacio, un poco más de dignidad. Enzo mira la casa, la puerta, las ventanas, el jardín pequeño y escucha la voz: “No dejes que nadie te diga que no podés”. Sonríe. “No me dejé, Diego. No me dejé”.
1991. Diego se va del Napoli. Escándalos, problemas. El final de una era. Enzo lo ve por televisión, el avión despegando. Diego subiendo las escaleras sin mirar atrás. Llora. Siente que pierde algo, algo que no puede explicar.
Los años pasan. Diego sube y baja. Más caídas que subidas. Problemas, escándalos, dolor. Enzo lo sigue de lejos, como millones, pero diferente, porque Enzo tiene algo que los otros no tienen. 5 segundos. 5 segundos que nadie vio.
2020. 25 de noviembre. Enzo está en su casa, 45 años, pelo canoso, arrugas, manos de trabajador. Su hijo Paolo entra corriendo. Tiene 18 años.
—Papá, murió Maradona.
Enzo lo mira.
—¿Qué?
—Maradona murió. Está en todos los canales.
Enzo agarra el control. Prende la televisión. La cara de Diego en todos los canales: “Diego Armando Maradona falleció hoy a los 60 años”. Enzo se sienta despacio, mira la pantalla, los goles, la copa. El Diego joven, el Diego viejo, las lágrimas del mundo. Y recuerda. 1987, el San Paolo, la pelota, los ojos de Diego, las palabras. Llora.
María se acerca.
—¿Estás bien?
Enzo niega con la cabeza.
—Lo conocías.
Enzo la mira una vez.
—Hace mucho tiempo.
—Nunca me contaste.
—Nunca se lo conté a nadie.
María se sienta a su lado.
—Contame.
Enzo mira la televisión, la cara de Diego, y por primera vez en 33 años cuenta la historia.
—Tenía 12 años. Era alcanzapelotas en el San Paolo.
María escucha.
—Un día la pelota salió cerca de mí. La agarré y cuando me di vuelta, Diego estaba ahí. —Pausa—. Me miró. Las zapatillas rotas, la ropa vieja, todo. —Pausa—. Y me preguntó de qué barrio era. —Pausa—. Y después me dijo algo que nunca olvidé.
—¿Qué te dijo?
Enzo cierra los ojos.
—Me dijo: “Yo también era un nadie. Mirá dónde estoy”. —Pausa—. Y después: “No dejes que nadie te diga que no podés”. —Silencio—. Y se fue. Volvió al partido como si nada.
María lo mira.
—¿5 segundos? ¿Eso fue todo?
Enzo llora más fuerte.
—Pero esos 5 segundos me salvaron la vida.
—¿Por qué?
—Porque cada vez que quise rendirme, escuché su voz. —Pausa—. En la panadería cuando Franco me gritaba. En la construcción cuando no podía más. En los peores momentos. —Pausa—. Diego me decía que no me rindiera. Y no me rendí nunca.
María le toma la mano.
—¿Por qué nunca lo contaste?
—Porque era mío. Mi secreto. Mi momento con él. —Pausa—. Pero ahora que se fue, quiero que la gente sepa.
—¿Qué cosa?
—Que Diego no era solo goles. —Pausa—. En el medio de un partido con 70,000 personas, se tomó 5 segundos para hablarle a un pibe de Forcella. A un nadie. —Pausa—. Nadie lo vio. Nadie lo supo. No le servía para nada. —Pausa—. Pero lo hizo porque él había sido ese pibe.
Enzo mira la pantalla. Diego con la copa, Diego sonriendo, Diego llorando. El mundo lo recuerda por los goles.
—Yo lo recuerdo por 5 segundos. —Pausa—. Y esos 5 segundos valieron más que todos los goles.
Diego Maradona, el hombre que llenaba estadios, el hombre que hacía magia, el hombre que tenía todo, pero también el hombre que paraba partidos para hablarle a un chico pobre, para decirle que se puede, para darle lo que el mundo nunca le dio: esperanza.
Miles de goles, miles de títulos, miles de trofeos, pero a veces lo más grande no sale en los diarios, no se ve en televisión, no lo recuerda nadie, excepto un chico de Forcella que nunca olvidó. “No dejes que nadie te diga que no podés”.
5 segundos, 33 años, una vida entera. Diego Maradona, el que nunca olvidó de dónde venía, el que se veía en cada chico pobre, el que sabía que una palabra puede cambiar todo. De pie, siempre de pie, hasta el final.
Compártelo, y si esta historia te hace reflexionar, considera compartirla. Nunca sabes quién podría necesitar escuchar esto.
