Educación en Pedro Juan Caballero II
EDUCACIÓN EN VENTA: CUANDO LA MEDIOCRIDAD SE CONVIERTE EN NEGOCIO
“CUANDO EL MAESTRO VENDE LO QUE DEBERÍA ENSEÑAR, EL ALUMNO PAGA DOS VECES: CON SU DINERO Y CON SU FUTURO.”
Por: Osvaldo Cesar Paniagua Balbuena
Hay problemas que ya no pueden ser tratados como simples deficiencias administrativas. Cuando durante años se deteriora la calidad de la enseñanza, cuando estudiantes terminan la educación básica con enormes dificultades para comprender un texto o resolver operaciones matemáticas elementales y cuando llegan a la universidad sin las competencias necesarias para enfrentar una carrera profesional, la sociedad tiene derecho a preguntar:
¿Qué está pasando con nuestra educación?
Y una pregunta todavía más incómoda:
¿Quién se beneficia económicamente de esta crisis educativa?
La educación paraguaya necesita una discusión profunda, sin miedo y sin privilegios. No se trata de atacar al docente honesto, que constituye una pieza fundamental de cualquier sociedad. Se trata precisamente de defenderlo frente a aquellos que convierten la docencia en un negocio y la necesidad del estudiante en una oportunidad de lucro.
CUANDO EL DOCENTE DEBE ENSEÑAR, PERO TERMINA VENDIENDO LA ENSEÑANZA
Existe una práctica que merece ser investigada con absoluta seriedad: docentes que, además de enseñar en instituciones públicas o privadas, ofrecen clases particulares a sus propios alumnos.
Hasta allí podría argumentarse que se trata de una actividad legítima.
El problema aparece cuando la clase particular deja de ser un complemento voluntario y se convierte, directa o indirectamente, en una condición para que el alumno pueda comprender, aprobar o acceder a determinados contenidos.
Más grave todavía sería que un docente utilizara información privilegiada sobre evaluaciones, orientara anticipadamente a sus alumnos particulares sobre los contenidos que serán examinados o redujera deliberadamente la enseñanza dentro del aula para después cobrar por aquello que debería haber enseñado durante su jornada laboral.
Si esto ocurre, ya no estamos frente a una simple clase particular. Estamos frente a un posible conflicto ético que debe ser investigado.
Porque el conocimiento no puede transformarse en mercancía cuando el Estado o la familia ya están pagando por la enseñanza.
EL SILENCIO TAMBIÉN DEBE SER INVESTIGADO
Pero existe otra cuestión.
Si una institución permite que estas prácticas se desarrollen durante años, ¿quién controla?
¿Los directores?
¿Las supervisiones educativas?
¿Las autoridades correspondientes?
¿Existen mecanismos efectivos para recibir denuncias y proteger al estudiante que se atreve a hablar?
No corresponde acusar sin pruebas a una persona determinada. Pero tampoco corresponde ignorar denuncias recurrentes.
Donde existen indicios, debe existir investigación.
Y donde se comprueban irregularidades, debe existir sanción.
Porque el silencio institucional puede terminar convirtiéndose en una forma de complicidad, aunque jurídicamente cada responsabilidad deba determinarse individualmente.
EL GRAN FRACASO: EL ALUMNO LLEGA A LA UNIVERSIDAD SIN SABER LO FUNDAMENTAL
El problema finalmente llega a las universidades.
Y allí adquiere dimensiones todavía más preocupantes.
Un estudiante que durante años recibió una educación deficiente llega a la universidad con dificultades de comprensión lectora, redacción, razonamiento lógico y matemática.
Entonces comienza una cadena peligrosa:
mala enseñanza → bajo aprendizaje → dificultades universitarias → dependencia del profesor → necesidad de clases particulares → egreso sin verdadera preparación.
¿Y quién termina pagando?
La familia.
El estudiante.
La empresa que después debe capacitar al profesional.
Y finalmente, todo el país.
Porque un título universitario sin conocimiento suficiente no resuelve el problema: lo traslada al mercado laboral.
¿Y LAS TESIS? OTRO NEGOCIO QUE DEBE SER OBSERVADO
Existe además una situación que merece una discusión particularmente seria en la educación superior: la elaboración de trabajos finales, proyectos y tesis.
Un estudiante que está por culminar una carrera necesita orientación metodológica. Es absolutamente legítimo que una institución le proporcione tutoría, asesoramiento y acompañamiento académico.
Pero otra cosa muy diferente sería que docentes vinculados con la propia institución elaboren total o sustancialmente esos trabajos a cambio de importantes sumas de dinero.
Si un profesor cobra al alumno para hacerle el trabajo que debería evaluar académicamente, aparece una pregunta elemental:
¿Quién está formando al profesional?
Y otra todavía más importante:
¿Quién garantiza que ese profesional realmente posee las competencias que acredita su título?
Una universidad no debería convertirse en una fábrica de diplomas.
Debe ser una fábrica de conocimiento.
EL TÍTULO NO PUEDE SER EL FINAL DE UNA ESTAFA EDUCATIVA
El problema no termina cuando el estudiante recibe su diploma.
Comienza entonces para la sociedad.
Un profesional mal formado puede cometer errores en una empresa, en una oficina pública, en una obra, en un laboratorio, en un estudio contable, en una institución educativa o en cualquier otro ámbito.
Por eso la educación no puede medirse solamente por la cantidad de egresados.
La pregunta fundamental es: qué saben hacer realmente esos egresados.
Un país puede producir miles de títulos universitarios y continuar siendo pobre en conocimiento, tal como lo es en la actualidad.
También puede tener menos graduados, pero profesionales competentes, honestos y capaces de transformar la realidad.
NECESITAMOS RECUPERAR LA CULTURA DEL MÉRITO
La solución no consiste simplemente en contratar más docentes.
Necesitamos docentes preparados.
Necesitamos concursos transparentes.
Necesitamos evaluación periódica.
Necesitamos capacitación real.
Necesitamos controles independientes.
Necesitamos supervisores que supervisen.
Necesitamos directores que administren y no encubran.
Necesitamos universidades que evalúen realmente.
Y necesitamos estudiantes que sepan que aprobar una materia significa haber aprendido, no simplemente haber pagado.
También debemos preguntarnos qué está ocurriendo cuando docentes que no alcanzan los niveles exigidos en determinados procesos de evaluación terminan igualmente incorporándose al sistema por falta de personal.
La falta de docentes no puede convertirse en una excusa para bajar los estándares.
Si faltan profesionales competentes, la solución debe ser formar y seleccionar mejores profesionales, no bajar la vara.
¿QUÉ DEBERÍA HACERSE?
El debate debería avanzar hacia medidas concretas:
1. Evaluación periódica de conocimientos y competencias docentes.
2. Concursos verdaderamente transparentes y meritocráticos.
3. Prohibición o regulación estricta de clases particulares a alumnos propios cuando exista conflicto de intereses.
4. Investigación de denuncias sobre utilización de información privilegiada en exámenes.
5. Canales confidenciales para que estudiantes y padres puedan denunciar irregularidades.
6. Auditorías académicas independientes en instituciones educativas.
7. Control riguroso sobre trabajos finales, proyectos y tesis.
8. Prohibición de que un docente evalúe económicamente al mismo alumno al que le ofrece servicios particulares relacionados con esa evaluación, cuando exista conflicto de intereses.
9. Evaluaciones externas de las competencias de los egresados universitarios.
10. Publicación de indicadores reales de calidad educativa, no solamente de cantidad de matriculados y egresados.
NO TODOS LOS DOCENTES SON RESPONSABLES
Es importante decirlo con claridad.
Miles de maestros y profesores paraguayos trabajan honestamente, muchas veces con salarios insuficientes, escasos recursos y enormes dificultades.
A ellos hay que reconocerlos.
El problema son las prácticas que degradan la profesión.
Porque un docente que enseña con vocación no puede competir en igualdad de condiciones con quien convierte el aula en una estrategia para conseguir clientes particulares.
Y un profesor universitario que cumple honestamente su función académica no puede ser colocado en el mismo lugar que quien pudiera aprovechar su posición para convertir las tesis de los estudiantes en un negocio personal.
LA EDUCACIÓN NO PUEDE SER UNA EMPRESA DE CLIENTES CAUTIVOS
Hay una diferencia enorme entre enseñar y vender aprobaciones.
Entre orientar una tesis y hacer una tesis por dinero.
Entre dar una clase particular legítima y utilizar el aula como mecanismo de captación de alumnos.
Entre formar profesionales y entregar títulos.
Si algunas de estas prácticas están ocurriendo, deben investigarse.
Y si se comprueban, deben sancionarse.
Porque el estudiante no es un cliente cautivo.
Es el futuro del país.
PEDRO JUAN DIGITAL PREGUNTA
¿Estamos formando realmente a nuestros niños, adolescentes, jóvenes y adultos?
¿Estamos formando profesionales capaces?
¿Estamos evaluando conocimientos o simplemente acumulando certificados?
¿Cuántos estudiantes necesitan clases particulares para poder aprobar materias que deberían dominar gracias a la enseñanza recibida en el aula?
¿Cuántas tesis son realmente elaboradas por sus autores?
¿Cuántos docentes utilizan correctamente su tiempo y sus conocimientos para enseñar?
¿Cuántas instituciones controlan efectivamente estas situaciones?
Y quizás la pregunta más importante:
¿QUIÉN CONTROLA A LOS QUE TIENEN LA RESPONSABILIDAD DE FORMAR A QUIENES MAÑANA CONTROLARÁN EL PAÍS?
La educación paraguaya no necesita más discursos.
Necesita verdad, evaluación, mérito, transparencia y autoridad para corregir lo que está mal.
Porque cuando la mediocridad se instala en la escuela, la universidad y las instituciones de formación, el daño no aparece inmediatamente.
Aparece diez, veinte o treinta años después.
Cuando aquel alumno mal formado se convierte en profesional.
Cuando aquel profesional se convierte en funcionario.
Cuando aquel funcionario toma decisiones.
Y cuando finalmente toda una sociedad descubre que estuvo pagando durante décadas por una educación que no estaba formando ciudadanos y profesionales suficientemente preparados.
La educación no puede ser negocio para unos pocos y fracaso para millones.
Hay que ponerle límite a la mediocridad.
Hay que recuperar el respeto por el conocimiento.
Hay que devolverle dignidad a la profesión docente.
Y, sobre todo, hay que volver a colocar al estudiante en el centro de la educación.
“POR UNA EDUCACIÓN QUE ENSEÑE, FORME Y TRANSFORME; NO QUE COBRE POR LO QUE DEBERÍA ENSEÑAR.”
