Cuando una Cooperativa deja de Servir a sus Socios
«Las cooperativas nacieron para repartir oportunidades, no para concentrar privilegios.»
«Una cooperativa no nace para enriquecer a sus dirigentes; nace para mejorar la vida de sus socios.»
Por Osvaldo Cesar Paniagua Balbuena
Ese principio, tan simple como poderoso, resume la esencia del cooperativismo universal. La ayuda mutua, la solidaridad, la igualdad de oportunidades y la administración democrática constituyen los pilares sobre los cuales descansan miles de cooperativas en el mundo.
Sin embargo, cuando esos principios comienzan a desdibujarse, la institución deja de ser un instrumento de desarrollo social para convertirse, peligrosamente, en una estructura al servicio de unos pocos.
Ese es el debate que hoy se instala alrededor de la Cooperativa Mborayhu de Pedro Juan Caballero.
No se trata únicamente del elevado precio de las llamadas «viviendas populares». El verdadero problema es mucho más profundo.
Es la enorme distancia que parece existir entre el discurso institucional y la realidad que viven cientos de socios.
Resulta difícil comprender cómo un proyecto concebido para facilitar el acceso a la vivienda puede exigir condiciones económicas que la mayoría de sus propios asociados no está en condiciones de cumplir.
Si una familia necesita demostrar ingresos cercanos a los diez millones de guaraníes para acceder a una vivienda promovida por una cooperativa, la pregunta surge de manera inevitable:
¿Dónde quedó el objetivo social que justificó la creación de este proyecto?
Las cooperativas no fueron creadas para seleccionar a los más ricos.
Fueron creadas precisamente para brindar oportunidades a quienes el sistema financiero tradicional considera sujetos de alto riesgo o de escasa capacidad económica.
Cuando una cooperativa termina aplicando criterios más rígidos que los propios bancos comerciales, algo evidentemente dejó de funcionar.
Y esa realidad merece una profunda revisión.
Pero existe otro aspecto que preocupa aún más.
En toda organización democrática, la administración debe rendir cuentas permanentemente a quienes la sostienen.
Los dirigentes no son propietarios de la institución.
Son simples administradores temporales del patrimonio colectivo.
Cada guaraní invertido pertenece a los socios.
Cada inmueble pertenece a los socios.
Cada decisión afecta a los socios.
Por ello, la transparencia no constituye un gesto de buena voluntad.
Es una obligación moral y estatutaria.
Las reiteradas inquietudes que expresan numerosos asociados sobre la gestión administrativa, la escasa información disponible, la concentración de decisiones y la limitada participación en asuntos trascendentales deberían ser suficientes para que las autoridades comprendan que el silencio nunca fortalece una institución.
Por el contrario.
La transparencia desactiva sospechas.
El ocultamiento las multiplica.
Ninguna cooperativa puede construirse sobre la desconfianza de sus propios asociados.
Tampoco puede ignorarse una realidad visible para cualquier ciudadano.
Mientras numerosas familias continúan buscando una vivienda accesible, varias unidades habitacionales permanecen sin adjudicación durante largos períodos.
Una casa vacía representa mucho más que un inmueble sin ocupar.
Representa una oportunidad perdida.
Representa recursos inmovilizados.
Representa el fracaso de una política que no logra alcanzar precisamente a quienes debía beneficiar.
Y allí aparece la gran contradicción.
Se habla de viviendas populares.
Pero las condiciones económicas parecen destinadas a sectores de ingresos elevados.
Se habla de solidaridad.
Pero numerosos socios manifiestan sentirse excluidos.
Se habla de igualdad.
Pero las oportunidades parecen cada vez más lejanas para quienes menos tienen.
Esta situación obliga a formular preguntas que ninguna administración responsable debería considerar incómodas.
¿Por qué se diseñó un proyecto que la mayoría de los socios no puede pagar?
¿Se realizó un estudio serio sobre el perfil económico de la masa societaria?
¿Existe voluntad de revisar las condiciones de adjudicación?
¿Se están explorando alternativas para hacer verdaderamente accesible el programa habitacional?
¿O simplemente se espera que los socios acepten resignadamente una realidad que contradice la filosofía cooperativa?
Las instituciones fuertes no les temen a las preguntas.
Las responden.
Porque las preguntas fortalecen la democracia institucional.
El silencio, en cambio, debilita la confianza.
Toda dirigencia debe comprender una verdad elemental.
Los cargos son pasajeros.
Los socios permanecen.
Las administraciones cambian.
La institución continúa.
Precisamente por ello, quienes hoy ejercen la conducción de la Cooperativa Mborayhu tienen una oportunidad histórica.
No la de defenderse mediante comunicados.
No la de descalificar a quienes cuestionan.
Sino la de demostrar, con hechos concretos, que la cooperativa continúa siendo fiel a sus principios fundacionales.
Pedro Juan Caballero necesita cooperativas fuertes.
Pero una cooperativa no es fuerte por el tamaño de su patrimonio.
Es fuerte cuando sus socios sienten que forman parte de ella.
Es fuerte cuando la transparencia reemplaza al secretismo.
Es fuerte cuando las decisiones benefician al conjunto y no a grupos reducidos.
Es fuerte cuando el hijo del trabajador, el pequeño comerciante, el docente, el jubilado y el asalariado encuentran en ella una oportunidad que jamás encontrarían en otra institución financiera.
Porque, si una cooperativa deja de servir a quienes más la necesitan, deja de cumplir la razón misma por la cual fue creada.
Y esa es una reflexión que no solo corresponde hacer a sus dirigentes.
Corresponde hacerla a toda la comunidad.
Porque las cooperativas no pertenecen a quienes las administran.
Pertenecen, exclusivamente, a sus socios.
EPÍLOGO
Las cooperativas nacieron para corregir las desigualdades, no para reproducirlas.
Nacieron para abrir puertas, no para cerrarlas.
Nacieron para que el trabajador, el pequeño comerciante, el docente, el agricultor, el jubilado y el asalariado encontraran una oportunidad donde el mercado financiero tradicional les decía «no».
Por eso, cuando una cooperativa exige condiciones que la mayoría de sus propios socios no puede cumplir, corresponde preguntarse si el problema está en los socios… o en el modelo de administración.
La Cooperativa Mborayhu todavía está a tiempo de demostrar que no ha perdido su rumbo. Nadie pretende desconocer los esfuerzos realizados ni los logros alcanzados a lo largo de su historia. Pero precisamente porque se trata de una institución con profundo arraigo en Pedro Juan Caballero, tiene la obligación de escuchar a sus socios, revisar sus políticas y recuperar plenamente el espíritu solidario que inspiró su creación.
Las cooperativas no pertenecen a sus presidentes.
No pertenecen a sus gerentes.
No pertenecen a los miembros del Consejo de Administración.
Pertenecen exclusivamente a los miles de socios que, durante décadas, confiaron en ellas, aportaron su dinero y sostuvieron su crecimiento.
Quien administra una cooperativa no recibe un privilegio.
Recibe una responsabilidad.
Y la primera obligación de todo administrador es rendir cuentas con absoluta transparencia.
Porque el patrimonio cooperativo no tiene dueños.
Tiene custodios.
Y los custodios nunca deben olvidar que el poder que hoy ejercen es pasajero.
En cambio, la confianza de los socios tarda años en construirse… y basta una mala administración para perderla.
La historia demuestra que ninguna institución se debilita por las críticas honestas.
Se debilita cuando deja de escuchar.
Y cuando una cooperativa deja de escuchar a sus socios, comienza, lentamente, a dejar de ser una verdadera cooperativa.
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