Gloria y caída del ethos liberal en Paraguay
De manera sui generis en el Paraguay rige algún tipo de bipartidismo, no necesariamente asociado a una alternancia sucesiva sino a épocas de hegemonía. Sin embargo, es un bipartidismo porque de ambos lados hay simetría reflejada en la institucionalidad -procesos, presencial territorial, mecanismos de disputas internas, afiliados, historia, tradición y sobre todo un ethos-.
Sin embargo, ese ethos tiene una inercia y evolución, hay una dependencia del pasado pero los eventos históricos redefinen el itinerario del espíritu institucional partidario. Eso pasa con ambos partidos tradicionales.
Tanto el Partido Liberal -inicialmente con el nombre de Centro Democrático- como la ANR, tienen su espíritu y talante inscritos en la postguerra grande. Ambos tuvieron fundadores ex miembros de la Legión que peleó contra el Mariscal López. Sin embargo, en el Partido Liberal se cristaliza de manera determinante las influencias del liberalismo porteño-mitrista. Hay una tradición inicial del partido entroncada con la aristocracia bonaerense de aquel tiempo, asociada al antilopismo de la época. No en vano, Juan E. O’Leary, discípulo colorado de Cecilio Báez -liberal- se distancia de su maestro y reivindica la figura de López como máximo héroe de nuestra patria.
En la hegemonía del periodo liberal del siglo pasado (1904-1936) hubo como todo, luces y sombras. Aún así, el balance es excepcionalmente positivo. Con toda la inestabilidad política de la época, los nombres de los Ayala, Báez, Gondra, Schaerer, Riart, Guggiari supieron dar avances en la institucionalización del país, prepararlo para la guerra, enfrentar el desafío del Chaco, negociar diplomáticamente los nuevos límites territoriales, y sobre todo, generar una tradición y alcurnia liberal.
La misma inestabilidad generada endógenamente por ellos, llamaba a un régimen militarista en la postguerra del Chaco. Así desde 1936 hasta 1948 regímenes militares intentaron estabilizar el país dentro de un modelo autocrático. Quizá en vísperas de la revolución de 1947, el Partido Liberal inicia un proceso erosión de su identidad partidaria. El ímpetu de volver a la era liberal forzó la transacción de identidad por acceso al poder, así los liberales se alzan en armas contra el General Morínigo unidos eclécticamente a comunistas, febreristas y facciones de las fuerzas armadas.
La victoria de Morínigo unido al movimiento colorado pynandi, apoyado internacionalmente por Juan Domingo Perón, fue decisiva para la evolución institucional del partido liberal. Desde ese momento el ethos del partido liberal gira en una dinámica de evolución identitaria donde está legitimado intercambiar valores, tradiciones, incluso institucionalidad por alianzas, uniones y acuerdos variopintos con cualquier grupo político de ocasión, o incluso persona, en miras a acceder al poder.
Otra etapa histórica que fue determinante en el proceso de diluir el anclaje del partido liberal de su tradición gloriosa fue la dictadura del General Stroessner. En la búsqueda del derrocamiento del régimen, los liberales vuelven a convivir, asociarse e intercambiar su ideología por acuerdos ad hoc en búsqueda de un resultado efectivo. El Movimiento 14 de Mayo o el Acuerdo Nacional son ejemplos de ello.
Ya en la era democrática, el partido liberal no logra desembarazarse de la trayectoria de dilución identitaria. Sucesivas alianzas, acuerdos y concertaciones no lograron cristalizar las ansias de poder, pero sí lograron profundizar la desintegración de un ethos que daba orgullo y tradición a la alcurnia liberal. La excepción ha sido la Alianza Patriótica para el Cambio, de 2008, que encabezó el ex obispo Fernando Lugo, pero resultó finalmente un fracaso político por falta de gobernabilidad y una exclusión explícita del gobierno al PLRA que resultó, entre otros factores, en el juicio político y destitución del presidente Lugo, pero que dio acceso breve al PLRA al poder.
Al día de hoy, luego de las elecciones municipales del pasado 4 de octubre, una de las sorpresas más grandes ha sido el deterioro de la dominación territorial y liderazgo del PLRA, en toda la geografía nacional, pero especialmente en el Departamento Central, que supo ser hasta hace poco bastión hovy. Simbólico es el resultado en Asunción, donde como logro de la oposición, la candidata de un movimiento unipersonal, sin rituales, procesos institucionales, tradición, aparato, presencia territorial, logra arrebatar una vez más la joya de la corona distrital -solo Martín Burt lo ha logrado en el pasado-, pero teniendo como aliado instrumental al otrora glorioso Partido Liberal.
El itinerario de degradación identitaria y pérdida de liderazgo liberal en el Paraguay tiene una trayectoria riesgosa. Hacer pronósticos de su evolución quizá sea temerario, pero frente al desafío de las elecciones generales del 2028, todo parece indicar que el PLRA ofrecerá su estructura, sus procesos institucionales, su presencia territorial, lo que le queda de tradición y la memoria borrosa de su pasado glorioso a un conglomerado de iniciativas políticas sincretistas donde el objetivo final es el cambio por el cambio; o lo que es peor, el poder por el poder.
Dentro de este proceso de llegar al 2028, la oposición debe definir su modelo y sus actores. Si el PLRA ofreciera el liderazgo de la chapa presidencial a actores no liberales, que por su situación personal (y judicial) darían per se posibilidad de victoria, pero arrojarían al gobierno a un espiral de inestabilidad política; se podrían dar dos resultados: uno, el PLRA estaría nuevamente a tiro de acceso al poder por sucesión y con ello buscar reemprender un proceso de liderazgo partidario propio contrarrestando su erosión partidaria; dos, una pérdida definitiva de la identidad partidaria con una absorción total por parte de la coalición variopinta.
El escritor británico C.S. Lewis en su célebre obra “Cartas del Diablo a su Sobrino”, ilustra los mecanismos de asociación en las huestes infernales: a los demonios no los une el amor, los une sentimientos de miedo, de resentimiento y odio. Lo ideal sería que los partidos políticos tradicionales se paren y construyan su ethos de manera propositiva dentro de una propuesta de desarrollo del país, en donde sobre todo se pueda acordar un modelo, una visión y un itinerario; no dentro de plataformas políticas donde lo que une es la frustración, el odio o las figuras unipersonales por sobre las instituciones. El PLRA supo a inicios del siglo pasado labrar su espíritu de construcción nacional, debe volver a sus raíces. Y así como las glorias del Partido Liberal se tradujeron en glorias de la Nación Paraguaya en el pasado, con el deterioro del PLRA, todos los paraguayos perdemos.
