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No Discriminemos la Experiencia

04.08.202604.08.2026 Columnistas
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La edad no limita la capacidad; la experiencia multiplica el valor humano.

«Un país que margina la experiencia, renuncia a su propia sabiduría.»

Por Osvaldo Cesar Paniagua Balbuena

En los últimos años se ha vuelto frecuente escuchar, en discursos políticos, convocatorias públicas e incluso en expresiones de algunas autoridades, frases como: «Necesitamos gente joven para ocupar los cargos más importantes» o «Hay que dar paso a las nuevas generaciones.»

Nadie discute la necesidad de abrir espacios para la juventud. Sería un grave error negar a nuestros jóvenes la oportunidad de crecer, innovar y asumir responsabilidades. Ellos representan el presente y el futuro del Paraguay.

Sin embargo, otra cosa muy distinta es convertir la juventud en el único criterio para acceder a funciones de relevancia. Cuando eso ocurre, dejamos de promover oportunidades para comenzar a excluir a miles de paraguayos cuyo único «inconveniente» es haber cumplido sesenta años o más.

Esa práctica constituye una forma de discriminación que empobrece a nuestras instituciones y priva al Estado de uno de sus recursos más valiosos: la experiencia.

Los adultos mayores no son una carga para la sociedad. Son el resultado de décadas de esfuerzo, sacrificio y aprendizaje. Son hombres y mujeres que han educado generaciones, administrado instituciones, ejercido profesiones, defendido la seguridad del país, impulsado la economía y construido, con trabajo silencioso, la nación que hoy disfrutamos.

Cada cana representa una lección aprendida.

Cada arruga refleja años de servicio.

Cada década vivida significa conocimiento acumulado que ningún libro puede reemplazar.

La experiencia no puede medirse con un documento de identidad. Se mide por las decisiones acertadas, por la capacidad para resolver conflictos, por la prudencia, el equilibrio y el compromiso con el bien común.

Las instituciones públicas necesitan juventud, sí. Pero también necesitan memoria institucional, serenidad para decidir, ética, liderazgo y capacidad para enfrentar las dificultades con criterio.

No existe contradicción entre juventud y experiencia.

La verdadera inteligencia consiste en integrarlas.

Los jóvenes aportan energía, creatividad y nuevas ideas.

Los adultos mayores aportan sabiduría, visión estratégica, disciplina, estabilidad y conocimiento práctico.

Cuando ambas generaciones trabajan juntas, las instituciones se fortalecen.

Cuando una desplaza injustamente a la otra, todos perdemos.

Las políticas públicas modernas hablan de inclusión, igualdad y no discriminación. Esos principios también deben aplicarse a la edad. La selección de quienes ocupan responsabilidades públicas debe basarse en el mérito, la idoneidad, la honestidad, la capacidad y los resultados, nunca en un criterio cronológico por sí solo.

Negar oportunidades a una persona únicamente por superar los sesenta años significa desperdiciar un capital humano invaluable, construido durante toda una vida de trabajo.

Paraguay enfrenta enormes desafíos en educación, salud, seguridad, justicia y desarrollo económico. Superarlos requiere innovación, pero también experiencia. Requiere el entusiasmo de los jóvenes y la sabiduría de quienes ya han recorrido el camino.

No permitamos que la sociedad caiga en el error de creer que cumplir años significa perder valor. Muchas veces ocurre exactamente lo contrario: con los años se fortalecen el juicio, la prudencia, la capacidad de escuchar y la responsabilidad.

Las grandes naciones progresan cuando aprovechan el talento de todas las generaciones.

Por ello, hacemos un respetuoso llamado a las autoridades nacionales, departamentales y municipales para que impulsen políticas de integración generacional y rechacen cualquier práctica que excluya a una persona únicamente por su edad.

La juventud merece oportunidades.

Los adultos mayores merecen respeto.

Y el Paraguay necesita de ambos.

Porque la experiencia no compite con la juventud; la orienta.

Porque la sabiduría no envejece.

Y porque un país verdaderamente desarrollado no aparta a quienes construyeron su historia, sino que los convierte en protagonistas de su futuro.

Reflexión final

Las instituciones no se fortalecen reemplazando la experiencia por la juventud, sino uniendo el entusiasmo de los jóvenes con la sabiduría de los adultos mayores. Allí nace el verdadero progreso de una nación.


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